Es raro verme sentada en el sofá un lunes a las ocho de la mañana. Es una verdadera suerte no tener clase a estas horas, aunque, sinceramente, me hubiese gustado tener la cabeza despejada y dormir de un tirón en vez de moverme de un lado a otro sin saber qué posición tomar. Al final opté por levantarme y aprovechar el día. No había nadie en casa, y eso a veces me causaba pánico. La culpa es de una que yo me sé… me invita a ver capítulos de American Horror y claro, luego imagino rollos mentales. Nunca entenderá que siempre fui más de La chica invisible.

Eran las diez de la mañana cuando escuché el timbre de la puerta principal. Refunfuñé por la pereza que me daba tener que levantarme. Pero lo hice.
Era Esperanza. Su cara era más un joker que un poema, y eso me hacía pensar que realmente sudecía algo malo.

-Pasa –dije haciéndome a un lado.

Juntas, entramos al salón. Le hice un gesto con el brazo para que se sentara, a fin de cuentas, ella es parte de esta casa.

-¿Qué ocurre?

-Mi… mi… madre –tartamudeó insegura. Agarré su mano y la apreté con fuerza para que supiera que, ante todo, no estaba sola. Ni lo estaría nunca.

-Soy una imbécil –se espetó.

-No, no lo eres –acaricié su mentón–. Cuéntamelo, por favor –añadí.

Ella desvió la vista y tragó saliva.

-Le han detectado algo tumoral, y todo apunta a que sea malo.

Entonces sí, su mundo y el mío se habían venido abajo. Durante unos segundos me quedé muda, perpleja. Conocía a su madre desde los tres años, era como una segunda madre para mí.

-Los médicos siempre dicen cosas malas –fue lo único “inteligente” que se me ocurrió decirle–. Te lo pintan todo muy mal, pero luego no tiene por qué ser así.

Ella no dijo nada. Temblaba. Sus manos estaban frías y sus ojos ardiendo de dolor, rojos, llorosos… la misma forma en la que tus párpados caen hacia abajo y sientes cómo las lágrimas tocan las mejillas. Y escuece.

La abracé y dejé que llorara sobre mi hombro.

-Todo se arreglará –susurré. Ni siquiera me creí mis palabras.

Tras un rato en el que ella misma se vació por completo, la dejé durmiendo en el sofá. La tapé con una manta, y me fui a la cocina a preparar té con vainilla, desde que me lo recomendó mi tía Lola, no dejo de beberlo. Me encanta.

»Cogí la taza con los dedos de ambas manos y fui al salón, donde me quedé hipnotizada mirando cómo la chica que estaba tumbada, era la misma que se sentía rota por dentro. En el fondo la entiendo, sobre todo cuando este verano llegó a mi casa, asustada –algo parecido a lo de hoy–, a contarme que vio muchos botes pequeños, transparentes… en el baño de sus padres. Ninguna sabía qué eran aquellos elementos, pero enseguida recordé que cuando era pequeña y me operaron de apendicitis también mandaron analizar mi orina y me dieron un bote de esos que describió Esperanza. No pude decírselo, sin embargo, ella ya sabía que algo iba mal, y para mi desgracia, pocas veces se equivocaba. Siempre pensé que tenía como un sexto sentido, una clase de percepción que le anunciaba en quién confiar y en quién no. Lo mismo pasaba con las cosas y los hechos. Eso la hacía rara, extraña, y por supuesto, única.

Recuerdo cuando le conté que Ian y yo habíamos roto –en verdad le dejé yo por ser un inmaduro insensible–. Alzó mi barbilla y con su voz melosa dijo: «Amapola, no podemos desperdiciar el tiempo. Sécate esas lágrimas. Ian no te merece, es un idiota. Tú vales más que él y no tardarás en saberlo.»

Esperanza siempre tuvo razón.

Acerca de Sweet Poppy

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